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Dicen los vigilantes nocturnos, e incluso alguno de los comerciantes del mercado de Triana, que se asienta sobre el antiguo castillo de san Jorge, que en ocasiones han visto pasar la imagen vaporosa de lo que parece ser una niña vestida de blanco. Unas veces se observa a través de las pantallas de seguridad y otras a simple vista. También de vez en cuando, los detectores de movimiento instalados permanentemente indican la presencia de "algo" en determinadas estancias, mientras que en las pantallas no aparece nada. Ruido de cadenas y golpes en la pared del mercado situada junto a la entrada del espacio expositivo del castillo también son frecuentes, hasta el punto de que hay vigilantes que han abandonado el trabajo o que solo montan guardia en el exterior del recinto. Algunos comerciantes más madrugadores, que llegan al recinto cuando aún es de noche, también se han encontrado con la misteriosa figura. Nadie sabe quien pueda ser (si es que realmente hay algo), pero lo cierto es que son muy pocos los que se atreven a entrar en el mercado durante la noche.
El origen del Castillo de San Jorge es desconocido, aunque se supone fueron los visigodos sus primeros pobladores, siendo erigido para defender a la escasa población de los ataques de Leovigildo.
En 1.171, Abu Yacub Yusuf, rey de Sevilla, mandó construir el puente de barcas amarrando las gruesas cadenas a los muros del castillo. Durante casi siete siglos fue la única comunicación de Sevilla con Triana, el Aljarafe y la Sierra Norte.
Las primeras noticias escritas sobre el castillo datan de 1.178, cuando el infante don Sancho, hizo una acometida contra los moros de Sevilla, atacando el Castillo de Triana. Formalizado el cerco a Sevilla por el rey San Fernando en 1.247 se sucedieron los ataques al castillo aún ocupado por los moros, pasando a poder cristiano en 1.248.
En el siglo XV, los años y el estado civil de la monarquía dejaron obsoletas las fortalezas como el Castillo de Triana, cuyo cuidado se abandonó, siendo habitado por distintas familias, que mantenían el culto a la iglesia de San Jorge. En 1.481 fue ocupado por el Tribunal de la Santa Inquisición.
La Inquisición, contrariamente a los que muchos piensan, no tiene origen español. Fue creada por medio de la bula papal Ad abolendam, emitida a finales del siglo XII por el papa Lucio III como un instrumento para combatir la herejía cátara en el sur de Francia (con gran protagonismo nuestro santo Domingo de Guzmán). Existieron Tribunales de la Inquisición Pontificia en varios reinos cristianos europeos durante la Edad Media, siendo los más activos los del norte de Italia y sur de Francia.
La Inquisición española o Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición fue una institución fundada en 1.478 por los Reyes Católicos, primero en Aragón y luego en Castilla, para mantener la ortodoxia católica en sus reinos, o al menos ésa era la excusa. Muchos veían en la Inquisición una manera de arrebatar a los judíos sus bienes o también una forma de controlar a los nobles, que en ciertas zonas fronterizas campaban a sus anchas. En Sevilla era el caso de los Guzmanes y los Ponce de León, que durante décadas se combatieron activamente. De cualquier manera, sirvió para mantener la unidad política y religiosa del país, así como para financiarse en la guerra contra el infiel.
Autores como Juan Gil, sostienen la Inquisición acaba convirtiéndose en "un arma de la xenofobia". "Cuando apenas quedan conversos judíos y luteranos, se dirige contra los moriscos portugueses que residían en Sevilla y contra el que fuera". Sin ir más lejos, Santa Teresa de Jesús, San Juan de Ávila o Fray Luis de León fueron juzgados en su momento por la Inquisición y, si bien lograron burlar a la hoguera, no pudieron impedir que sus escritos fueran severamente censurados por los afanosos inquisidores. Alternando diferentes etapas de elevada actividad con otras de acusado ostracismo, el Tribunal del Santo Oficio no se abolió definitivamente hasta 1.834, durante el reinado de Isabel II.
Sevilla ocupa un lugar destacado en la historia de la Inquisición Española. Aquí fue creado en 1.480 (dos años después de la fundación de la institución) el primer Tribunal de la Inquisición, el cual desarrolló tal eficacia en sus primeros cincuenta años que tuvieron que bajar el ritmo porque no había cárceles ni dineros para mantener a los presos. Cada año tenían lugar decenas de miles de procesos y se quemaban en la hoguera miles de condenados. Las ejecuciones se llevaban a cabo en el quemadero de San Diego, en los terrenos de la actual Tablada, que fue utilizado por última vez en 1.781.
Pero no sólo se quemaron judíos; hay constancia de la quema de clérigos y frailes, dándose el caso de quemar de manera póstuma, aquellos condenados muertos con anterioridad al juicio (a veces con muchos años de anterioridad), desenterrando sus huesos de los cementerios de la ciudad, por aquel entonces en la Trinidad, San Agustín y San Bernardo, para ser quemados y, por supuesto, desposeídos de sus propiedades. La Inquisición no solamente castigaba a los infractores, sino también a sus descendientes, que podían tardar siglos en borrar esa “mancha” del historial familiar.
Los primeros presos de la Inquisición sevillana fueron “alojados” en lo que fue el convento de San Pablo el Real de los dominicos, actual iglesia de la Magdalena, que aún conserva en sus muros el fresco pintado por Lucas Valdés “El suplicio de Diego Duro”; en él se representa un auto de fe y a un hereje conducido al quemadero que es identificado tradicionalmente con Diego López Duro, mercader de Osuna.
Fruto de la eficiencia del Tribunal, estas iniciales instalaciones pronto resultan escasas, por lo que siendo Inquisidor General de España don Fernando Valdés, cardenal arzobispo de Sevilla, manda su traslado al Castillo de San Jorge, en el arrabal de Triana, que había sido edificado sobre los restos de una antigua fortaleza árabe, y que contaba con 26 cárceles dotadas de todas las “comodidades” propias de la institución, incluida la Iglesia de San Jorge, primitiva parroquia de Triana.
La Inquisición realizaba sus autos de fe, primero las gradas de la Catedral, y más tarde la Plaza de San Francisco aunque, cuando se necesitaba más “intimidad”, se usaban las iglesias de Santa Ana y San Marcos, además del convento de San Pablo.
Más de 120 años después del comienzo de la Inquisición en Sevilla era Inquisidor General Fernando Niño de Guevara, personaje caracterizado por su intransigencia: durante su cargo mando ejecutar a más de dos mil personas, teniendo que renunciar por orden del Rey en 1.602, debido a las múltiples quejas. Un año antes, había sido nombrado Cardenal de Sevilla, donde ejerció el cargo hasta su muerte. Una fecha clave en su historia hispalense, fue el Sínodo de 1.604, en el cual el Cardenal, en un alarde de soberbia, obligó a las Cofradías de Sevilla a pasar por el Palacio Arzobispal, lo que se considera el origen de lo que hoy en día es la Carrera Oficial a la Santa Iglesia Catedral en Semana Santa.
El Tribunal ocupó el Castillo de San Jorge hasta 1.626, en el que muy deteriorado por las fuertes arriadas hubo de abandonarlo. En 1.627 fue concedido al Conde Duque de Olivares para cuidar de su reparación y evitar el fraude de mercaderías que se realizaban en su puerta. Hacia 1.639, ya reparadas las ruinas, volvió a ocuparlo la Inquisición hasta su traslado definitivo en 1.785, debido a lo insostenible de su estado dada su antigüedad y afectación ante las continuas inundaciones.
Tras la marcha del Tribunal, se legó el castillo a la ciudad con tributo perpetuo por parte de la Real Hacienda, para su derribo, con el fin de comunicar el Altozano con la calle Castilla, quedando un solar en el que se construyeron viviendas y el Mercado de Abastos de Triana.
Sepultado bajo el Mercado permaneció, hasta que las obras de rehabilitación de éste permitieron descubrir los restos que se hallaban bajo tierra: la casa del portero, las cuadras, las casas del nuncio y el notario, la cocina, la bodega, la casa del Primer Inquisidor o la de los Familiares.
Concluidas las obras del Mercado, se inició la recuperación del Castillo y su exposición en forma de museo. Ocho años y 2,5 millones de euros más tarde, en diciembre de 2.009, se inauguró este espacio olvidado por (casi) todos.
Dotado de las técnicas museísticas más modernas, el edificio consta de varias salas y espacios expositivos que proponen un recorrido histórico por la que fue sede del Tribunal de la Santa Inquisición entre los siglos XV y XVIII. En concreto, el Castillo, con 1.400 metros cuadrados de exposición divididas en dos plantas, cuenta con seis partes diferenciadas donde se pueden encontrar, entre otras, una sala sensorial, una pasarela interpretativa, una galería de personajes o un muro de la reflexión.
El Castillo de San Jorge poca guía necesita. Ya el personal del mostrador de entrada se muestra encantador, explicándonos de forma general lo que nos vamos a encontrar y lo que significó en su tiempo, además de entregar documentación orientativa. El recorrido no admite pérdida, pues no hay bifurcaciones ni desvíos, por lo que tan sólo nos tenemos que dedicar a admirar la exposición. Exposición por la que se debe felicitar al equipo encargado de la musealización, pues de una cantidad relativamente pequeña de restos han logrado colocarlos y complementarlos mediante paneles explicativos y proyecciones de tal forma que la visita se puede decir que es perfecta. Las audioguías, además, (amén del acceso), son totalmente gratuitas, lo que supone un tanto más a favor.

Fuente: blog Leyendas de Sevilla de José Becerra.