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La iglesia y hospital de la Santa Caridad es un edificio del siglo XVII, perteneciente al barroco sevillano, sede de la institución benéfica promovida por el filántropo Miguel de Mañara. Se encuentra situada en el barrio del Arenal, en el antiguo arrabal de la Carreteria, a extramuros de la Sevilla histórica, limitando la parte trasera con la línea por donde corría la muralla que cercaba la ciudad.
La institución de la Hermandad de la Santa Caridad remonta sus orígenes al siglo XV. Con el nombramiento de Miguel de Mañara como hermano mayor en 1663, se llevó a cabo la terminación de la iglesia y la construcción del hospital, que albergaría un gran número de pobres y enfermos.
La infancia de Miguel Mañara fue muy acomodada, propia de un niño que pertenece a una familia sevillana muy acaudalada, pues su padre llegó a desempeñar cargos importantes en el consulado de Cargadores a Indias.
Desde muy niño recibió una educación propia del estado de caballero, pues su progenitor había logrado para él el hábito de caballero de la Orden de Calatrava, cuando contaba ocho años, siendo investido tras cumplir los diez. Debido al fallecimiento de sus dos hermanos varones mayores se vio con trece años como heredero del importante patrimonio que llevaba aparejado el mayorazgo conseguido por su padre en 1633.
Con poco más de veinte años era miembro de la junta de gobierno de la Hermandad de La Soledad de San Lorenzo. A los cuatro meses de la muerte de su padre, con veintiún años, contrajo matrimonio por poderes, en agosto de 1648, con Doña Jerónima María Antonia Carrillo de Mendoza y Castrillo, nacida en Guadix en 1628, al tiempo que ocupaba notables cargos en la municipalidad, el Concejo y la Universidad de Mercaderes.
A partir de 1649, tenía Mañara 22 años, aparece Don Miguel en diferentes documentos recogidos en los Archivos Municipal y de Protocolos Notariales de Sevilla, como persona pública, de autoridad, en negocios del Concejo y de la Universidad de Mercaderes, elegido diputado de la defensa de la tierra de Sevilla, de la Casa de la Moneda, de la visita de boticas, de las llaves del Archivo y del agua, de la Cárcel Real y de la Casa de Inocentes, y diputado de los gremios de chapineros, guarnicioneros, roperos, olleros y peineros. Consta como miembro en las juntas del Consulado de 1655 a 1666.
Según cuentan las leyendas, Mañara encontró a una belleza por la calle y la siguió hasta la Catedral. Allí descubrió, al desnudarla, que se trataba de un esqueleto con un bello rostro. La segunda versión es algo más enrevesada. Mañara vio a una bella en un balcón. Él le pide que le abra la puerta. En vez de ello, lo que cae desde el balcón es una escala. Mañara trepa al balcón. Allí dentro, tendido sobre el suelo, no hay un bello cuerpo, sino un esqueleto rodeado de cuatro cirios. Esta versión es la que recoge Antoine de Latour, secretario del duque de Montpensier. La última es diferente. Según ésta, Mañara presenció su propio entierro, vio su cuerpo muerto paseado por las calles, confinado en un ataúd. Así lo recogen Próspero Merimée y Zorrilla.
Cualquiera de las tres versiones, obligó a Mañara a arrepentirse de por vida y llevar una existencia casta y pobre. Además, fundó el Hospital de la Caridad para asistir a los que sólo tuvieran una grave enfermedad y hambre. El Palacio de Miguel de Mañara se encuentra en la calle Levíes, 27.
Aunque no hay ningún testimonio contemporáneo de tal actitud en él más allá de su propia confesión, el nombre de Mañara ha pasado a ser sinónimo de seductor, como recogen los versos de Antonio Machado ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido / ya conocéis mi torpe aliño indumentario (Retrato, en Campos de Castilla) en que lo compara con el valleinclanesco marqués de Bradomín. La razón de ello procedería de una campaña difamatoria que se suscitó como consecuencia del proceso de beatificación a comienzos del siglo XIX explicable por el anticlericalismo de los ambientes liberales, que encontraron cierto fundamento en la barroca confesión que representa el testimonio del propio Miguel de Mañara (y que según otros autores no sería más que una autoflagelación tópica, no necesariamente una descripción de comportamientos concretos):
Yo, don Miguel Mañara, ceniza y polvo, pecador desdichado, pues lo más de mis logrados días ofendí a la Majestad altísima de Dios, mi Padre, cuya criatura y esclavo vil me confieso. Servía a Babilonia y al demonio, su príncipe, con mil abominaciones, soberbias, adulterios, juramentos, escándalos y latrocinios; cuyos pecados y maldades no tienen número y sólo la gran sabiduría de Dios puede numerarlos, y su infinita paciencia sufrirlos, y su infinita misericordia perdonarlos.
Y yo que escribo esto (con dolor de mi corazón y lágrimas en mis ojos confieso), más de treinta años dejé el monte santo de Jesucristo y serví loco y ciego a Babilonia y su vicios. Bebí el sucio cáliz de sus deleites e ingrato a mi señor a su enemiga, no hartándome de beber en los sucios charcos de sus abominaciones.
Se ha comparado frecuentemente la conversión de Mañara con el arrepentimiento final de Don Juan, el también sevillano personaje de Tirso de Molina (El burlador de Sevilla) y José Zorrilla (Don Juan Tenorio), y de hecho con frecuencia se ha identificado a persona y personaje. El ambiente del siglo XIX era muy propicio para ese tipo de ironía (por ejemplo, estos versos de Ramón de Campoamor: pues, después que se extinguen las pasiones, / yo he visto sorprendentes conversiones).
Al morir su esposa en Montejaque, el 17 de septiembre de 1661, sin haber tenido hijos, entró en un período de honda reflexión personal, planteándose incluso entrar en el estado religioso. Miguel Mañara se retiró, por espacio de cinco meses, al eremitorio carmelita del desierto de las Nieves. Nuestra Señora de las Nieves estaba dedicado a la contemplación pura. Los carmelitas descalzos denominaban desiertos a sus casas destinadas a tal fin, y en este caso se trataba de una fundación en un valle escondido en la serranía de Ronda, a dos leguas de Montejaque. Allí practicó Mañara la oración y la penitencia, y se produjo lo que se ha venido a llamar su conversión, es decir, orientar su vida hacia la entrega total a Jesucristo. No estando totalmente resuelto a entrar en religión y de vuelta a Sevilla, pasó varios meses en una completa desolación, intentando buscar un camino personal a seguir. Nada le consolaba y, a pesar de su posición y su riqueza, era un hombre sobre el que se cernía una abrumadora soledad.
Según su primer biógrafo, el padre Juan de Cárdenas, paseaba Miguel Mañara a caballo por las orillas del río Guadalquivir en una calurosa tarde del verano de 1662, cuando fue a encontrarse en las proximidades del actual emplazamiento de la iglesia del Señor San Jorge con un grupo de hombres, a cuyo frente se hallaba el entonces hermano mayor de la Hermandad de la Santa Caridad, don Diego de Mirafuentes, con quien entabló un diálogo que le llevaría a su ingreso como hermano en la misma. La corporación se dedicaba a enterrar a los ahogados que devolvía el río, los muertos que aparecían por las calles y a los ajusticiados. Mirafuentes sería un gran valedor de Miguel Mañara a partir de entonces.
En la Hermandad de la Santa Caridad empezó ejerciendo el cargo de diputado de entierros y de limosnas, lo cual le dio la oportunidad de apreciar las terribles condiciones de vida de los pobres que morían en la calle.
En el cabildo de 27 de diciembre de 1663 fue elegido hermano mayor, responsabilidad que desempeñó hasta su muerte. En el tercer cabildo que presidiera como hermano mayor, el 17 de febrero de 1664, planteó de nuevo su idea, ahora ya como algo que saldría adelante con su trabajo y el apoyo de los hermanos. A partir de ese momento creará un hospicio, y más tarde lo transformará en Hospital de la Santa Caridad, construyendo un amplio edificio, al igual que la iglesia anexa.
La Hermandad recibía un importante flujo de limosnas que, a tenor de las necesidades más perentorias de los pobres, seguían el curso de la caridad. Así, fueron incluso llamativas las limosnas de pan, contándose por miles las personas socorridas en los momentos de mayor necesidad.
Una vez realizada la reforma de la Regla de la Hermandad y la construcción del Hospital y la iglesia del Señor San Jorge, Mañara se planteó varias veces dejar su cargo, desde una postura de absoluta humildad. Siempre fue disuadido por los hermanos, su confesor y por otros religiosos. Así, en 1668 experimentó tal inclinación y, según relata el padre Cárdenas, fue aconsejado por su confesor, el mercedario descalzo fray Juan de la Presentación, quien le instó a que siguiese su labor, y que para seguridad de la decisión a tomar, lo consultase con tres sacerdotes experimentados y prudentes. Todos mostraron a Mañara el camino de continuar al frente de la Hermandad de la Santa Caridad y de seguir siendo el modelo que había ejemplificado. Las obras emprendidas exigían tanta dedicación que decidió solicitar permiso a la Hermandad para pasar a residir en la misma, en unas dependencias sencillas y austeras, por las que cambió su anterior vivienda palaciega.
En 1673 se instituyó en la Santa Caridad la figura de los Hermanos de Penitencia, que no eran sino hermanos de la corporación que se dedicaban por completo a los pobres, vistiendo un sayal pardo y una cruz. Fue aprobada esta innovación por el arzobispo Spínola, y no se trataba de religiosos ni de congregantes, sino de personas libres que optaban por el servicio a los pobres de esta manera.
El funcionamiento del Hospicio puso de manifiesto lo preciso que resultaba la atención a los pobres enfermos, lo cual derivó en la conversión en Hospital. Muchos indigentes enfermos eran rechazados en los hospitales por ser incurables, contagiosos o por otras causas, lo cual sugirió a Mañara la idea de curar a los enfermos en la propia Hermandad de la Santa Caridad. Se inauguró la primera enfermería del Hospital en junio de 1674, contando con veinticuatro camas, que fueron ampliadas a cincuenta. Una segunda enfermería fue inaugurada en septiembre de 1677, y aún tuvo el fundador el firme propósito de continuar con esta obra, pues en el momento de su fallecimiento se labraba la tercera.
Se dedicó tanto a los pobres que puso su fortuna y sus recursos a disposición de la obra. Este ejemplo atrajo a una apreciable cantidad de caballeros y miembros de la aristocracia sevillana, que secundaron su labor. La Santa Caridad acudía no sólo a enterrar a los pobres difuntos y a acoger a los desheredados de la fortuna, sino que se distinguió también por las abundantes limosnas de pan, ropas y recursos económicos en momentos de gran desolación para la ciudad, como eran las riadas. Aunque el ejemplo que suponía Miguel Mañara guiaba a muchos sevillanos de las capas privilegiadas, la Hermandad también estuvo abierta a artesanos y hombres comunes que deseaban seguir un modelo de perfección espiritual. En el seno de la corporación impuso la igualdad entre los hermanos, con independencia de su origen social y de los cargos y honores que desempeñasen o de que fueran acreedores.
Murió Mañara el 9 de mayo de 1679, habiendo manifestado días antes su felicidad por saber que iba a ver a Dios. Su último testamento lo había redactado el 17 de marzo anterior. En este documento, declaró heredera universal de sus bienes a su alma y mandó ser enterrado en el suelo a la entrada de la iglesia de la Caridad.

Fuente: varias fuentes.